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La Coctelera

Feng Shui de la personalidad y el color

Feng Shui de la personalidad y el color
Los colores a menudo dicen sobre la salud y animo de las personas. Es difícil ver a un niño lleno de juventud y vitalidad con tonos grises o una persona deprimida con tonos primaverales, así mismo una vivienda también se viste con determinadas ropas según las personas que la habitan

En general las personas nerviosas, hiperactivas, dispersas o excitables tienen que evitar colores en exceso Yang: Rojos, amarillos, anaranjados o muy chillones. Son más acertados colores neutros y suaves que serenan y tranquilizan. Las estadísticas observan que los automóviles mas accidentados son de color rojo, la relación estres y rapidez es patente.
Si la habitación la ocupa una persona tímida, apática, friolera o con tendencia a la depresión evitaremos colores muy Yin. El negro, el azul oscuro, el verde sin luz, o tonos grises hundirían a la persona mas profundamente.

Los colores más cálidos representados en la primavera como los salmones, amarillos, o tonos luminosos pueden estimular el movimiento y resultar adecuados.
La actividad de una zona particular

En un dormitorio de pareja hay que ser prudente con la presencia excesiva de colores como el negro, verde oscuro, gris que pueden resultar demasiados fríos. Para un dormitorio de pareja suelen aconsejarse tonos basados en el rosa pálido, ámbar o melocotón en tonalidades pastel. Los colores neutros y blancos pueden estar bien si el conjunto muestra detalles de cierta calidez.
En el comedor no conviene abusar de colores chillones que no permiten relajarse ni tampoco de tonos oscuros que dan un toque de tristeza al lugar. Pueden ser interesantes colores cremosos, amarillos en tonos suaves. Estos consejos siempre se adaptan a la luz natural así como al mobiliario y decoración.
En la cocina de una vivienda pueden utilizarse tonos basados en la tierra (ocres, teja, beige, etc.) evitando la frialdad que no estimula el placer de cocinar. En una cocina industrial donde se da gran importancia a la facilidad de higiene y la pulcritud la presencia del elemento Metal es más tolerable.
En un recibidor puede ser un consejo decantarse por colores claros, luminosos, alegres que inventen a entrar con buen ánimo. Un recibidor oscuro y penumbroso produce un Qi decaído al entrar a la vivienda.
No es aconsejable imponer ningún color que incomode o disguste a la persona que va a utilizar el espacio. El Feng Shui busca el equilibrio y utilizar cualquier información de forma fanática o estricta puede causar peor resultado que una corrección en si misma. En una casa familiar hay que hacer votos de unidad para llegar a un buen acuerdo, intentando respetar los espacios individuales. Sobre el gusto personal
También hay que decir, que un cambio fuera del gusto habitual a veces es necesario, pues a menudo cristalizamos malos hábitos o aspectos relacionados con endurecimiento de la sensibilidad. Es similar a quien se adapta a escuchar el sonido muy alto, al humo de salas cargadas, al exceso de sal o en el caso que nos ocupa a ciertos colores que influyen negativamente. Pueden empezarse con pequeños cambios que dan cabida a otros mayores.

Es posible que si usted sugiere pintar toda la casa de nuevo, alguien de la familia se ponga en guardia, pero si empieza por algo más pequeño se acoja la propuesta. También es posible introducir el color a través de cambios menores en la decoración como colchas de cama, cortinas, una lámina o pintura, etc. Si los cambios tienen éxito darán pie a tratar otras áreas por la necesaria integración.
Y ya que estamos hablando de lograr el hogar que siempre soñaste, ¿has pensado en el feng shui?

18 Grandes Verdades...

18 Grandes Verdades

Para unos pueden ser grandes verdades, para otros grandes infamias, todo depende del punto de vista de quien lo vea, verdad?

1. Para evitar hijos, haga el amor con las cuñadas. Solo nacen sobrinos!

2. Todos los hongos son comestibles. Algunos solo una vez.

3. Sea amable con sus hijos. Son ellos los que van a elegir el geriátrico.

4. Nací pelado, desnudo y sin dientes. Todo lo que venga, es lucro!

5. Los amigos vienen y van, los enemigos se acumulan...

6. Si el amor es ciego, es necesario palpar...

7. Si la mujer fuese buena, Dios tendría una. Y si fuese de confianza, el diablo no tendría cuernos...

8. Saben porque el pan se quema, la leche se corta, y la mujer embaraza? Porque no se retira a tiempo...

9. Algunos hombres aman tanto a sus mujeres, que para no gastarlas, prefieren usar las de los amigos...

10. Peor que una piedra en el zapato es un grano de arena en el preservativo...

11. Y si un día te sientes inútil o deprimido, acordate de esto: hubo un día en que fuiste el espermatozoide más rápido del grupo!!!

12. Los trabajadores más inútiles son sistemáticamente promovidos para el lugar donde pueden causar menos daños: la jefatura...

13. Los jefes son como las nubes, cuando desaparecen queda un día lindo...

14. Que lleva a los hombres a perseguir mujeres con las que no tienen intención de casarse? El mismo impulso que lleva a los perros a perseguir coches que no tienen intención de conducir...

15. Las jerarquías militares son como los estantes, cuanto más altas más inútiles!

16. Tu futuro depende de tus sueños. No pierdas tiempo... andá a dormir!

17. El amor es como la gripe, se pesca en la calle, y se cura en la cama...

18. Los hombres mentirían mucho menos, si las mujeres no preguntasen

20 POEMAS DE AMOR Y UNA CANCIÓN DESEPERADA

PABLO NERUDA

Atendiendo el consejo de amables amigos, he reducido este arículo.
Gracias por sus comentarios y sugerencias.

Poema 5
Para que tú me oigas...

Para que tú me oigas
mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las gaviotas en las playas.

Collar, cascabel ebrio
para tus manos suaves como las uvas.

Y las miro lejanas mis palabras.
Más que mías son tuyas.
Van trepando en mi viejo dolor como las yedras.

Ellas trepan así por las paredes húmedas.
Eres tú la culpable de este juego sangriento.
Ellas están huyendo de mi guarida oscura.
Todo lo llenas tú, todo lo llenas.

Antes que tú poblaron la soledad que ocupas,
y están acostumbradas más que tú a mi tristeza.

Ahora quiero que digan lo que quiero decirte
para que tú me oigas como quiero que me oigas.

El viento de la angustia aún las suele arrastrar.
Huracanes de sueños aún a veces las tumban.
Escuchas otras voces en mi voz dolorida.
Llanto de viejas bocas, sangre de viejas súplicas.

Amame, compañera. No me abandones. Sígueme.
Sígueme, compañera, en esa ola de angustia.

Poema 20
Puedo escribir los versos...

Puedo escribir los versos mas tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: «la noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos».

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la queria.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. a lo lejos alguien canta. a lo lejos.,
Mi alma no se contenta con haberle perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. será de otro. como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis
brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

http://www.angelfire.com/la2/pnascimento/pchilena.html

NOMBRES DE DIOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO


NOMBRES DE DIOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO


ELELOHIM                Dios creador                                     Génesis 1:26

ELELYON                 El Dios altísimo                                  Génesis 14:20

EL ROI El                 Dios que ve                                       Génesis 16:13

ELSHADDAI             Dios Todopoderoso                           Génesis 17:1

ADONAI                   Señor de señores                              Salmo 136.3

YAHVE JIREH          El Señor que provee                          Génesis 22:8,14

YAHVE                    El Autoexistente, el Yo Soy                 Éxodo 3:14

YAHVE RAPHA       El Dios que sana, el Sanador             Éxodo 15:26

YAHVE NISSI          El Señor es mi estandarte                   Éxodo 17:15

YAHVE                   El Dios que santifica                            Éxodo 19:2-6; 31:13
MEKKODISHKEM

YAHVE QANNA      Dios fuerte, celoso                              Éxodo 20:1-6

YAHVE SHALOM    Dios de paz                                       Jueces 6:24

YAHVE RA HA       El Señor es mi pastor                         Salmo 23:1

YAHVE TSIDKENU Justicia nuestra                                  Jeremías 23:6

YAHVE SHAMMAH El Señor está presente                      Ezequiel 48:35

YAHVE SABAOTH Señor de los ejércitos                         Malaquías 1:10, 11,14

ABBA                     Padre, Papá, Papi                              Romanos 8:15










































LA ARAUCANA

Esta novela es un clásico de la literatura latinoamericana.

La Araucana
La primera edición de La Araucana, de 1569.
El autor, Alonso de Ercilla

La Araucana (1569, 1578 y 1589) es un poema épico del español Alonso de Ercilla que relata la primera fase de la Guerra de Arauco entre españoles y mapuches.

Motivación de la obra:
"...por el agravio que algunos españoles recibirían quedando sus hazañas en perpetuo silencio, faltando quien las escriba; no por ser ellas pequeñas, pero porque la tierra es tan remota y apartada y la postrera que los españoles han pisado por la parte del Perú, que no se puede tener della casi noticia, y por el mal aparejo y poco tiempo que para escribir hay con la ocupación de la guerra, que no da lugar a ello; así el que pude hurtar, lo gasté en este libro, el cual, porque fuese más cierto y verdadero, se hizo en la misma guerra y en los mismos pasos y sitios, escribiendo muchas veces en cuero por falta de papel, y en pedazos de cartas, algunos tan pequeños que no cabían seis versos, que no me costó después poco trabajo juntarlos... ".
Alonso de Ercilla

Argumento:
La trama incluye episodios históricos como la captura y ejecución de Pedro de Valdivia, y la muerte de los caciques mapuches Caupolicán y Lautaro. Pero además se encuentran sucesos fantásticos, como el de un hechicero que eleva al narrador en un vuelo sobre la Tierra, permitiéndole ver acontecimientos que suceden en Europa y Medio Oriente, como la batalla de Lepanto; y el encuentro con una mujer indígena, Glaura, que busca a su marido entre los muertos de un campo de batalla. Este último relato es una muestra del aspecto humanista del trabajo de Ercilla, y de su condolencia por la suerte corrida por el pueblo indígena, que describe como gente que era carente de vicios y malicia, hasta que llegaron los españoles. Los versos rinden loas a la valentía tanto de conquistadores como de indígenas.

Estilística:
Ludovico Ariosto; su obra influyó en La Araucana.

Como se puede apreciar, el narrador participa activamente en la trama, lo que en ese entonces no era habitual dentro del panorama de la literatura culta española. La métrica de la obra es la estrofa denominada octava real, que rima ocho versos endecasílabos con el esquema ABABABCC:

“Caciques, del Estado defensores, (A)
codicia de mandar no me convida (B)
a pesarme de veros pretensores (A)
de cosa que a mí tanto era debida; (B)
porque, según mi edad, ya veis, señores, (A)
que estoy al otro mundo de partida; (B)
más el amor que siempre, os he mostrado, (C)
a bien aconsejamos me ha incitado." (C)
La Araucana

La obra pertenece al subgénero del poema épico culto, característico de principios de la edad moderna. Más específicamente La Araucana fue influenciada por lo que se ha dado en llamar el Canon de Ferrara, dos poemas épicos cultos escritos en dicha ciudad italiana.

Comentarios:

"Los personajes araucanos asumen, a menudo, la actitud de los héroes homéricos y no sin razón han sido equiparados Lautaro a Héctor, Colocolo a Néstor, Tucapel a Ayax..."
Eduardo Solar Correa

...los mejores (libros) que en verso heroico en lengua castellana están escritos.
Miguel de Cervantes

Voltaire, que dedicó parte de un ensayo a La Araucana, consideró que el poema alcanzaba cumbres sublimes en la arenga de Colo Colo del Canto II, que juzga superior al episodio similar protagonizado por Néstor en la Iliada.

ALFREDO KRAUS, EL CANTOR ANACRÓNICO.

Este artículo lo encontre en la web y como fiel admirador de Afredo Kraus, quice compartirlo con ustedes.

Alfredo Kraus, el cantor anacrónico.
MANUEL TALENS

A Eduardo Lucas y a los Antonios,
en memoria del amigo que se nos fue.
Umberto Eco, en sus Apostillas a «El nombre de la rosa», explica que las vanguardias históricas ajustaron las cuentas con el pasado –la modernidad– mediante un ataque frontal que buscaba su aniquilación. El cubismo en pintura, los collages en literatura, el atonalismo en música, son ejemplos típicos de dichas corrientes que pretendían empezar un nuevo arte desde cero. Pero las vanguardias llegaron a un punto evolutivo en que, enfrentadas a la página en blanco o a la ausencia total de melodía, no pudieron prolongar más lejos su venganza contra la modernidad, y de ahí surgió lo que para Eco es la respuesta posmoderna: «...puesto que el pasado no puede destruirse –su destrucción conduce al silencio–, lo que hay que hacer es volver a visitarlo; con ironía, sin ingenuidad.»
Me temo que estas líneas del semiótico italiano han envejecido en cuestión de quince años, y ello a causa del papel todopoderoso que la tecnología ha logrado en nuestro mundo. Hoy ya no es necesario destruir la modernidad que nació con el Renacimiento, basta con ignorarla, y la «realidad virtual» está para eso: una de las características más indiscutibles de este fin de milenio es la confusión cada vez mayor entre esos dos añejos conceptos ilustrados –modernos– que llamamos verdad y mentira, confusión que, para algunos, define a la posmodernidad. No en vano el francés Jean Baudrillard, uno de los «pensadores» más en boga de esta corriente, se atrevió en 1991 a escribir un artículo, después de que Estados Unidos machacaran Irak, que tituló La guerre du Golfe n’a pas eu lieu [La Guerra del Golfo no ha tenido lugar]. De dicho panfleto, publicado en Libération, se desprendía lo que sigue: puesto que al ciudadano actual –carente de posibilidades críticas, conceptuales o éticas a causa de la desinformación ambiental– le resulta imposible distinguir qué es realidad y qué invención entre la enorme masa de novedades audiovisuales con que es abrumado a diario, los conceptos de verdad y de mentira son ya algo obsoleto. Las noticias, los acontecimientos del mundo, están tergiversados o son imposibles de verificar y, por lo tanto, son relativos, intercambiables y, en todo caso, remotos. De ahí que, para Baudrillard, la Guerra del Golfo pueda entrar perfectamente en la categoría de las muchas ficciones que nos ofrece la vida cotidiana: el cine, la literatura, la historia oficial, el circo de los debates parlamentarios, los noticieros televisivos, los reality shows, los videojuegos, etc.
Subrepticiamente, con guante blanco y de forma insidiosa, la tecnología nos ha conducido de lleno al reino de la falacia. Por eso, lo posmoderno no es tanto la mirada irónica hacia el pasado, como creía Eco –el pasado no está de moda, no vende–, cuanto el abismo que se ha abierto entre lo que sucede y lo que nos dicen que ha sucedido.
La verdad, si embargo, sigue existiendo –mal que le pese a Baudrillard–, aunque todos cerremos los ojos a la realidad y vivamos inmersos y felices en dicho paraíso de apariencias. Pero centrémonos en el mundo de la música.
Hace un par de años asistí a una conferencia que trataba del carácter comunitario del pop art y de la inclusión de las máquinas y la tecnología en la manufactura de las obras de arte actuales. En ella salió a relucir el filósofo alemán Walter Benjamin y su célebre ensayo de 1930 La obra de arte en la era de su reproducción técnica. Ya al final, durante el coloquio que vino a continuación, la lúcida pregunta que hizo un estudiante despertó en mi memoria una anécdota que me refirió hace varios años un amigo mío, que ejercía de segundo violinista en una prestigiosa orquesta de América del Norte.
Sucedió durante la grabación en Londres de un disco que el conjunto orquestal tenía contratado. Era ya muy tarde y, al terminar la ejecución de un concierto que después aparecería a la venta en CD, los músicos empezaron a abandonar el estudio para dirigirse al hotel. De repente, se oyó la voz en off del ingeniero de sonido:
–Quisiera hacer otra toma del segundo movimiento –dijo–. Por favor, quédense y vuelvan a tocarlo.
Situados de nuevo en sus puestos, acataron obedientemente la orden bajo la batuta del director, un ampuloso figurón de la comparsa artística mundial con muchos premios internacionales en su haber, quien, tras la última nota, hizo un ademán aprobatorio.
–Ha quedado perfecto –afirmó.
Sus palabras aún resonaban en el aire cuando la voz anónima y contrariada del ingeniero volvió a escucharse:
–¿Dónde diablos están los oboes? ¿Por qué no han permanecido en el estudio?
Valga este ejemplo verídico para ilustrar las dos reflexiones que pretendo exponer en las líneas que siguen, a saber: el valor relativo cada vez más limitado del intérprete o del director de orquesta en la confección de cualquier producto discográfico posmoderno y la posición desplazada en el panorama operístico actual de un cantante que escogió resistir frente a esa tendencia. Me refiero al tenor español Alfredo Kraus, recientemente fallecido [1].
El increíble desarrollo de las tecnologías audiovisuales, capaces de mezclar, distorsionar, cortar y añadir imágenes y sonidos de manera tan primorosa que tales alteraciones resulten imperceptibles para el ojo o el oído humanos –es el caso, por ejemplo, de Tom Hanks «actuando» con el presidente Johnson en Forrest Gump–, ha tirado de esa manta mitológica que, desde hace siglos, cubre el artificio que llamamos arte, poniendo de manifiesto la tenue barrera existente entre la obra única y distintiva, considerada inmortal por los popes de la cultura, y la pieza compuesta y reproducida en serie mediante máquinas electrónicas capaces de suplantar con ventaja al artista creador.
La estadounidense Hillel Schwartz, en su reciente libro The Culture of the Copy [2], recordaba que el pianista canadiense Glenn Gould abandonó los conciertos públicos en 1964 para recluirse como un anacoreta y expresar su arte a partir de entonces por medio de los discos. Gould –que además de ser uno de los intérpretes más destacados y brillantes de este siglo demostró con aquel gesto su coherencia y su capacidad de vislumbrar el futuro– afirmó en apoyo de tal decisión que el público en directo convertía la música clásica interpretada durante un concierto en algo desprovisto de autenticidad, tanto para el oyente, cuyos sentimientos se veían despertados o alterados por quienes asistían al concierto a su alrededor, como para el músico, cuya interpretación sufría invariablemente los efectos de la «vivacidad» o de la «frialdad» de la sala. Con los discos, por el contrario, cada persona podía convertirse en un colaborador electrónico, manipulando botones hasta lograr un sonido satisfactorio de obras igualmente grabadas por músicos aconchabados con micrófonos y con ingenieros de sonido.
Jenaro Talens, en su trabajo Escritura contra simulacro [3], señalaba el hecho de que fue en el entorno del rock –entorno que domina y avasalla el mundo de la industria discográfica a causa de sus cifras–, donde a finales de aquella misma década, la de los sesenta, se invirtió de manera definitiva el referente con el que los devotos posmodernos de la música se enfrentan hoy a la obra grabada. En efecto, mientras hasta entonces el rock en disco reproducía lo que supuestamente era la interpretación real –la actuación en directo–, a partir del célebre St. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles (1 de junio de 1967), que fue concebido en estudio utilizando la parafernalia más puntera de la época y cuya puesta a la venta coincidió con la retirada definitiva del grupo del circuito live, ese objeto musical que llamamos disco –creado y procesado con la ayuda de aparatos– se convirtió rápidamente en el ideal inalcanzable que todo artista de la música debe tratar de conseguir en escena. Ahora se han cambiado las tornas, la vida trata de imitar al simulacro y tanto mejor es considerado un intérprete cuanto más se asemeja a sus grabaciones.
Parece ayer y, sin embargo, en estos treinta años las cosas han evolucionado con tal celeridad que el público consumidor de productos musicales manufacturados, en su gran mayoría –hablo en términos de porcentajes, ya que siempre quedan puristas– suele hoy aceptar con desgana las primitivas canções praieiras de Dorival Caymni, las siguiriyas de la Niña de los Peines, las chacareras primitivas de Gardel y Razzano, las arias de Rosa Ponselle o las sinfonías de la Berliner Philarmoniker dirigida por Wilhelm Furtwängler, a causa del ruido que las acompaña y de las lacras no disimuladas que contienen. Lejanos están los tiempos en que el artista llegaba al estudio de grabación y, a la manera del famoso exabrupto de Louis Armstrong –«ahí va eso, Rey»–, interpretaba su acto en una sola toma y se volvía a casa. Lo que actualmente oímos en disco es tan falso –y aclaro que utilizo esta palabra en sentido técnico, no moral– como puedan serlo los discursos retóricos de cualquier político en busca de votos. Al igual que dice el proverbio, todo parecido con la realidad es pura coincidencia. Los ingenieros de sonido han perfeccionado sus herramientas: el siseo, las toses, los fallos, no existen. Las estrofas musicales son grabadas a pedazos –que pueden durar fracciones de segundo– y luego pegadas, con frecuencia en países diferentes por artistas que ni siquiera se conocen o por vivos con muertos (Natalie Cole a dúo con su padre Nat King Cole) y, en nuestros días, ya no es imaginable encontrar una canción en el mercado como aquella Addio, mia bella Napoli de Giuseppe Di Stefano, en donde el agudo final había sido tan burdamente añadido que resultaba irrisorio.
Hogaño el simulacro es total. Corre entre los aficionados a la ópera el rumor de que uno de los tenores más cotizados de la actualidad –enormemente mediático en la placidez de la fama–, tras innumerables intentos fallidos de dar un do de pecho durante la puesta a punto de cierto disco conmemorativo olímpico, hizo llegar la nota grabada en cinta audio a la multinacional discográfica varios meses después. Ninguno de los compradores del CD resultante, al escucharlo, sería capaz de apreciar la impostura. Ni falta que les hace, añado yo, sobre todo si resulta verdadera la reciente noticia de que, en poco tiempo, será posible «construir» de principio a fin –mediante ordenador, sin la intervención del artista o del personaje– nuevas arias, nuevos discursos, nuevas proezas de la voz, «uniendo» entre sí notas o sílabas individuales obtenidas de grabaciones anteriores. Que nadie se extrañe, pues, si un día no lejano Enrico Caruso canta El porompompero o si la dicción aflautada de Franco hace una defensa ardorosa de comunistas, judíos y masones...
¿Es esto bueno o malo?
La pregunta está viciada de raíz, pues el goce del arte es estético y no ético y, así, al amante posmoderno de la música en lata no le interesa si Eric Clapton sabe leer un pentagrama, si eran los Monkees quienes en verdad tocaban sus instrumentos, si José Carreras ha perdido irremediablemente los registros agudos de la voz o si el grunge que suena en la discoteca es un producto absoluto de laboratorio, puesto que el resultado digital que compra en la tienda es, a todas luces, una maravilla. En la época de la realidad virtual, ¿a quién le importa la autenticidad?
La tecnología ha democratizado el disfrute de la música, que ya nunca más será privilegio de los ricos. Congratulémonos de esto, pero sin la inocencia del Candide volteriano, pues quizá vaya siendo hora de aceptar que, en Occidente, el arte audiovisual es un bien de consumo manipulador y manipulable con el que trafican diestros mercaderes y, el artista, a menudo una entelequia de poco interés, artificialmente inflada y convertida en mito a golpe de publicidad en el nombre sacrosanto del ingenio, de la gloria... y de la plusvalía. Al respecto, no deja de ser innovadora la posición adoptada por Keith Richards, el guitarrista de los Rolling Stones, quien cada vez que algún gacetillero de fanzine le pregunta al borde del orgasmo si el nuevo disco que están grabando cambiará el universo del rock, responde que únicamente va a proporcionarles un montón de millones de dólares. Al menos tiene las ideas claras.
¿Y qué papel jugó un cantante como Alfredo Kraus en este carnaval discográfico del arte-como-ejemplo-de-superchería? Durante todo el año 1996, los medios españoles nos recordaron con exuberancia que, a lo largo de ocho lustros en la escena, Kraus no había suspendido ni una actuación (con posterioridad lo hizo, pero debido a desgracias familiares), que era el intérprete clave para los verdaderos aficionados (¿acaso existen aficionados falsos?) y que su permanencia en primer plano era un prodigio de longevidad.
Estos detalles, sin embargo, son sólo historietas faranduleras muy en el tono light de la época actual, seguramente dignas de elogio pero desechables a la hora de estudiar la valía de un artista, que debe medirse únicamente por su obra y no por su envoltorio vital. Para mi análisis, la verdadera importancia del tenor palmense radica en que fue la excepción que confirma la regla, porque su paradigma referencial seguía siendo la voz en directo, con lo cual puso en entredicho el principio posmoderno del disco como fábula. Un do y un re salidos de sus labios eran siempre un do y un re, ya fuese en el Teatro Colón, en el Liceo, en el Covent Garden o en el equipo acústico barato de la sala de estar, sin ingenieros de sonido ni procesadores de por medio, pues sus cuerdas vocales se comportaban como un auténtico ordenador, siempre perfectas y fiables y al abrigo de virus biológicos o cibernéticos. Con un pie en el pasado elitista y otro en el presente popular, ofreció a su público lo mejor de los dos mundos: daba exactamente lo mismo escucharlo en directo que en CD. Kraus y la imagen sonora de Kraus eran iguales. Sus adversarios del negocio escénico lo tachaban de frío, de lejano; lo acusaron de situarse por encima del bien y del mal, de tener un timbre metalizado y menos hermoso que Jaime Aragall; lo miraban con displicencia por no ser un superstar hollywoodense de campo de fútbol al estilo de «los tres tenores»; adujeron que defendía a ultranza la virginidad de un espectáculo –la ópera– cuando ya han desaparecido las condiciones sociales que permitieron su nacimiento; le reprocharon su aura antigua de divino, pero nunca pudieron demostrar que bajó un medio tono en las partituras o que maquilló una grabación al igual que tantos hacen.
Por todo lo dicho, y dándole la vuelta a mi argumentación, afirmo que en el día de hoy es intelectualmente engañoso evaluar a un artista de la voz por sus grabaciones digitales... salvo a Kraus. En cierto modo, y desde una perspectiva materialista, podría decirse que el suyo fue un esfuerzo malgastado, pues en nuestro presente finisecular la tecnología hace innecesaria tanta excelencia. Parece increíble, pero cuando tenores mucho más jóvenes empezaban abiertamente a flaquear –a Pavarotti se le escapan gallos cada dos por tres, Carreras vive de su renombre anterior y Domingo se pasa a la ópera alemana, que no exige florituras en los agudos–, Alfredo Kraus siguió editando arias –que luego calcaba en directo, como si nada– en las que llega una y otra vez al re natural con una facilidad inconcebible. Y así, ya septuagenario y en la recta final de la vida, sólo vislumbró en su entorno un competidor que diera la talla: el Kraus inicial, cuyas grabaciones piratas, obtenidas fraudulentamente por los roadies de entonces en los patios de butacas del mundo –y, debido a eso, imposibles de alterar– circulan hoy en versión CD para asombro de entendidos y profanos: I Pescatori di Perle de la RAI (1960), con la más prodigiosa Mi par d’udir ancora que se recuerde; La Sonnambula de Venecia (1961); I Puritani de Módena (1962); La Favorita de Buenos Aires (1967), el Werther de La Scala (1976)...
A punto de morir su fraseo era todavía más puro que en los comienzos de su carrera. Lo venció la enfermedad, no la vida, el ocaso no existió para él: domeñó el fluir del tiempo, que a otros desmorona, madurando en estilo y en redondez vocal. Imperturbable en su atalaya y sin modificar la trayectoria estética que se había trazado, contempló desdeñoso la avalancha mistificadora de la tecnología, a la que utilizó con el único fin de legarnos la herencia exacta de su voz –pues la verdad, principio kantiano fundamental de la era ilustrada, sigue existiendo–, no un sonido de ficción, y despreció la efímera gloria de tantos artistas dudosos encumbrados a fuerza de publicidad.
Debido a las razones expuestas, cuando pasen los años y todos nosotros hayamos desaparecido, los musicómanos del futuro recordarán a Kraus como un tenore di grazia digno de aquellos periodos –anteriores a la posmodernidad– en que florecían virtuosos del calibre de Aureliano Pertile, de Dino Borgioli o de Tito Schipa, y dirán sin duda que fue un cantor anacrónico por ejercer su oficio «a la antigua usanza» en el último jirón del siglo XX, el tiempo en que las máquinas lograron la exquisitez absoluta del simulacro en el arte audiovisual.
[1] Alfredo Kraus falleció en Madrid el 10 de septiembre de 1999, tras una breve y fulminante enfermedad.
[2] En castellano, La cultura de la copia, Cátedra, Madrid 1998 (traducción de Manuel Talens).
[3] Eutopías, 2ª época, nº 56, Episteme, Valencia 1994.
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